El dolor no es un fracaso personal

Por Josué Congo, periodista de investigación.
Han pasado más de 30 años desde que Felicia dejó la última casa donde fue sometida como criada. Con los ojos llorosos dice que no dejaría que sus hijos pasen por lo mismo que ella y su hermana vivieron: “No quiero que le pegue otro extraño como a nosotras nos pasó porque ese duele mucho”.
Cuando cumplió 8 años, su papá, que era viudo, no tenía condiciones económicas para solventar a la familia. Quería que ella y su hermana sigan estudiando, por lo que habló con una sobrina suya para que las lleve. “Ahí empezó nuestro infierno”, cuenta Felicia. Con Esther, su hermana mayor, fueron llevadas por esta prima a vivir en Pindo´i, departamento de Caaguazú.
Lejos de su familia y en un lugar desconocido, Felicia y su hermana dejaron de ser niñas y pasaron a ser sirvientas. Se levantaban a las 4 de la mañana para hacer los trabajos del campo, limpiar la casa, cocinar y lavar las ropas. Les golpeaban por jugar, equivocarse y reclamar.
La familia les prohibía comer los tallarines que ellas mismas cocinaban. Con mandioca y agua aguantaban el hambre y la sed. Felicia y su hermana tenían una idea fija: escapar. Pero no lograron huir, sino que fueron rescatadas por uno de sus hermanos mayores. Tiempo después, su papá la volvió a entregar a otra casa.
La psicóloga e investigadora Maureen Montanía explica que el criadazgo “es esclavitud pura y, como tal, constituye un trauma complejo y de desarrollo, porque ocurre en etapas críticas de maduración durante un vínculo de dependencia con los adultos”.
Ilustración: Naoko Okamoto.
Una educación por deuda
Hoy, Felicia tiene 45 años, siete hijos y con su marido venden especias para subsistir. Viven en una casa de madera rodeada de flores, con árboles y una cancha de pikivolley en frente. Es catequista y juega fútbol en un club del barrio. Todos sus hijos estudiaron en el sistema público.
Mientras vivía bajo la tutela de su prima, estudiar era un escape al sufrimiento. Luego de terminar los quehaceres del campo y domésticos, que empezaban a las 4 de la madrugada e iban hasta las 11 de la mañana, Felicia y su hermana caminaban una hora y media por caminos de tierra para ir a la escuela. Cuando volvían, ya era de noche.
Camila Corvalán, socióloga y coordinadora de la investigaciónEl cuidado alternativo como respuesta de protección al criadazgo en Paraguay, explica que las niñas y adolescentes sometidas a la servidumbre pasan a vivir con otra familia bajo la promesa de mejores oportunidades educativas, de alimentación, culturales o de vivir en la ciudad. “A cambio de eso, la niña o adolescente, debe hacer trabajo doméstico o de cuidados”, señala.
Para la investigadora, esto replica una lógica transaccional coercitiva o de deuda y de absoluta asimetría: “Las criadas deben demostrar a las familias que merecen ser cuidadas”. Si no cumplen con las tareas, no acceden a educación ni tiempo libre.
Liduvina tenía 13 años cuando la tía Trífila visitó a su familia para los festejos de Navidad en Tercera Línea Kangará, zona rural de Repatriación. Eran los años 90 y Liduvina haría lo que fuera para cursar el 9° grado.
“Eme’ẽna chéve amo nde rajy iguapaitereíva ha che amboestudiáta chupe” (Dame a esa tu hija que es muy guapa y la haré estudiar), le dijo su tía a su papá. Quería llevarla a Fernando de la Mora. Pero antes de viajar, algo que dijo su papá le incomodó: “Einupákena anga, Trífila. Einupákena anga la ojecompartavai ramo” (Pegale si se porta mal).
Así como Felicia, Liduvina se levantaba todos los días a las 4 de la mañana para preparar el desayuno y trabajar en el local de comidas de su tía. Entre las dos cocinaban el desayuno y el almuerzo para camioneros, choferes de colectivo y taxistas. Por la tarde, Lidu -como se la conoce- limpiaba el local, la casa, lavaba y planchaba la ropa. Recién por la noche iba al colegio. Volvía a casa a las 22, hacía sus tareas, estudiaba e intentaba dormir.
Así vivió por un año, hasta que volvió a Repatriación. “Seguramente le generé mucha ganancia a mi tía porque le ayudaba muchísimo”, dice Liduvina.
En su investigación, Corvalán identificó que las adolescentes, muchas veces, formaron parte de la decisión de ser criadas porque ven “esa situación como beneficiosa para ellas” al no tener otras oportunidades de crecimiento en sus familias o comunidades. La socióloga señala esto como una estrategia de supervivencia.
Hoy Liduvina espera su jubilación como docente tras 26 años de servicio. En el aula, encontró a varios alumnos que pasaron por lo mismo. Intervino en varias ocasiones e hizo denuncias ante la Codeni de Repatriación. Lastimosamente muchos casos quedaron cajoneados en la Fiscalía.
Esclavitud y deshumanización
Paraguay es signatario delConvenio 182de la OIT contra las peores formas de trabajo infantil. En el Convenio se contemplan las prácticas análogas a la esclavitud, la servidumbre por deuda y trabajo forzoso u obligatorio, todas características del criadazgo.
Norma tiene 57 años, es misionera evangélica y conductora de radio. No puede contener el llanto cuando recuerda lo que vivió de niña. Mientras limpiaba el horno a leña de la mujer que le eligió a dedo, pensaba “algún día me iré de aquí”, relata.
Eran los años 70, tenía 5 años cuando sus padres se divorciaron y la abandonaron junto a sus tres hermanos, el más pequeño de 1 año, en San Pedro del Paraná, Itapúa. Quedaron solos y sobrevivieron semanas comiendo maní y guayaba. Las cabezas se les llenaron de piojos y gusanos, hasta que el cura del pueblo, el presidente de seccional y las señoras del barrio, se repartieron a los niños abandonados. “Nos eligieron como perritos. Ahí empezó mi calvario”.
Norma vivió lo mismo que Felicia y Liduvina. Recuerda que la señora no le permitía comer en la mesa con la familia. “Tenía que comer las sobras en la cocina y sola”. Vivió así durante seis años, hasta que logró contactar a su papá que le entregó a una tía.
Volvió a la misma situación, como una espiral o un bucle temporal. “Era muy fría, no me hablaba, me exigía muchas cosas. Yo ni al perro no me animo a tratarle así”, dice Norma. Un año después, escapó a la Argentina.
En su juventud, por cada error cometido, Norma culpabilizaba a la primera mujer que le crió y a su mamá que le había abandonado. “Le llegué a odiar, quería que se muera”. Estando en Argentina, al contrario de lo que esperaba, Norma se volvió a sentir sola y sin esperanzas. “Yo quería morir. Quería que me pase un colectivo encima, que me atropelle un auto”.
Según la psicóloga Maureen Montanía, quienes vivieron en regímenes similares a la esclavitud pueden desarrollar distintos trastornos psicológicos. “En la literatura científica prevalecen reportes de depresión, ansiedad generalizada, trastorno de pánico y síntomas físicos sin causa orgánica aparente, como dolores crónicos, fatiga, problemas gastrointestinales, que son el eco somático del trauma”, comenta.
Con 27 años, Norma encontró un refugio en la espiritualidad evangélica. Construyó una familia donde busca no repetir los mismos patrones de quienes la explotaron. “Me crié sola, porque cuando uno se cría sin padres, se cría sola. Porque al no tener tu familia, no tenés afectos. Porque el afecto de los padres es lo que alimenta el alma de los niños”, reflexiona.
Ilustración: Naoko Okamoto.
Una infancia robada y vínculos traumáticos
El criadazgo, aún visto como una forma de ascensión social en Paraguay, priva a las niñas de varios derechos. La especialista en niñez y adolescencia Zuzana Cáceres advierte que “por las horas de trabajo y la falta de sueño, las criadas no pueden estudiar y desarrollan problemas de crecimiento y trastornos en el aprendizaje. También están expuestas a maltrato físico, abuso sexual y accidentes laborales”.
Sin embargo, se les arrebata algo más básico: la niñez. “Nosotros vivíamos en una prisión. Nos quitaron la infancia. No jugábamos y queríamos jugar”, dice Felicia. Liduvina reclama que ella “hacía todo el trabajo que correspondía a un adulto”. Y Norma lamenta que estuvo “seis años sufriendo en la primera infancia”.
De acuerdo con Cáceres, las criadas son marginalizadas y discriminadas en las casas. Felicia y su hermana solo tenían dos pares de ropas, mientras que Norma usaba ropas viejas de la dueña de casa. Según la especialista, en el día a día, es fácil identificar a una criada. “Vemos niños que visten diferente que la familia; están con zapatillas, ropas más sencillas o raídas. O cuando vamos al supermercado, vemos a una familia con niños y una atrás cuidando a los hijos o cargando con las compras”, explica.
Norma cuenta que en esos años de criadazgo, ella nunca jugó en el recreo de la escuela por la tristeza que sentía. A pesar de todo, hoy está agradecida. “Yo soy muy detallista y exigente. Y esa señora también era así”, dice. Liduvina también, “no le guardo ni un rencor a mi tía, al contrario, le agradezco. Ella me enseñó la disciplina”.
Para Montanía, desde la psicología, estas afirmaciones reflejan una de las paradojas más dolorosas y complejas: el vínculo traumático. “Si la única figura de autoridad y cuidado es la misma que explota, el cerebro resuelve esta disonancia cognitiva mediante la identificación con el agresor o la agresora. Es un mecanismo de defensa que evita el colapso psicológico”.
Para superar esto, explica la psicóloga, habría que “separar quién es la adulta de quién se vio forzada a ser como niña. Y eso implica un duelo por la infancia robada y un acto de justicia restaurativa consigo misma, que no es fácil de realizar”. Esto se puede lograr con psicoterapia y terapia comunitaria. Montanía agrega: “A las sobrevivientes: Su dolor no es un fracaso personal. Es una injusticia histórica que exigimos sea reparada”.

Las penas de una criada
Felicia y su hermana vivieron cuatro años con la prima. Muchas veces, la dueña de casa tiraba por el suelo las ropas recién lavadas y extendidas y les obligaba a repetir el proceso. Para distraerse del abuso, las dos iban a un arroyo a lavar las ropas y, de vez en cuando, dejaban que el agua se lleve alguna de las prendas de la prima.
En esa casa, los hijos varones de la familia no trabajaban y también maltrataban a Felicia y su hermana. Para ella, replicaban lo que veían. “Viste que hay que ser un espejo en la casa para nuestros hijos”, dice. En Fernando de la Mora, Liduvina pasó por lo mismo, mientras ella era explotada, la hija de su tía dormía hasta tarde y tenía tiempo para estudiar y jugar.
Cierto día, un hermano mayor de Felicia llegó de visita. Cuando vio cómo les trataban a ella y a su hermana, las llevó de vuelta a la casa de su papá en 3 de Noviembre, Pastoreo. Tiempo después, el papá de Felicia la entregó a una médica ñana y partera del barrio. Así como con Norma, el ciclo volvió a repetirse: “No da gusto salir de un infierno y entrar a otro. Yo quería morir”.
El criadazgo es una práctica machista normalizada en la sociedad paraguaya. Corvalán explica que, en este tipo de servidumbre, “los cuerpos de los que se disponen generalmente son de adolescentes mujeres”. Esto proviene de una creencia de que las mujeres están predestinadas a servir en el ámbito doméstico.
Además, sostiene que el criadazgo reproduce relaciones sociales desiguales de género. Son mujeres adultas las que acompañan la socialización de las criadas para que se conviertan en cuidadoras y trabajadoras domésticas. Esto coincide con los relatos de Liduvina, Felicia y Norma, que siempre trabajaron con las amas de casa.
Sin datos no hay políticas públicas
Una noche en el colegio, Liduvina escuchó una palabra rara que sonaba agresiva y fuerte. Una compañera le dijo: “Una cosa muy diferente es que vos vivas con ellos y otra cosa es que ellos te estén explotando”. Ella se molestó. Hoy reconoce que sí fue una forma de explotación.
Existe una estimación de hace 15 años de que cerca de 47 mil niños y adolescentes viven en criadazgo, pero es eso, una estimación. Hoy no hay estadísticas actualizadas.
Por ahora, existen datos sobre ciertos delitos que permiten inferir la gravedad del criadazgo en Paraguay. La Fiscalía registró 18.361delitos cometidoscontra niños, niñas y adolescentes en 2025: 7.152 por falta del deber alimenticio; 2.706 falta del deber de cuidado y 1.623 por maltrato. Otra aproximación que existe son los datos de laEncuesta Permanente de Hogares, que contabiliza 44.261 niños y adolescentes realizando trabajo infantil. Y según elFonoAyuda 147, se registraron 1.264 denuncias de vulneraciones a las infancias solo en el mes de julio de este año.
En 2025, el Congreso frenó un proyecto de ley contra el criadazgo. Si se hubiera aprobado, hoy habría políticas públicas preventivas y el Estado podría generar datos estadísticos para tomar decisiones y ampliar las investigaciones sobre esta forma de explotación.

Por ahora, el Ministerio de la Niñez junto al de Trabajo preparan una nueva propuesta de ley que contempla penas carcelarias de 5 a 10 años por criadazgo y por la entrega de los hijos. Cáceres ve con buenos ojos la ley e incentiva la creación de políticas de prevención. Para Corvalán es importante avanzar en el debate de la ley, pero no ve que sea suficiente prohibir y penalizar el criadazgo “porque lo que plantea es una criminalización de la pobreza”.
Por otro lado, Montanía dice que la recuperación real de estas mujeres y la prevención del criadazgo es una responsabilidad colectiva. “Necesitamos organizar nuestras voces -periodismo independiente, profesionales de salud mental, víctimas, activistas sociales- para exigir políticas de reparación integral que incluyan acceso gratuito y de calidad a salud mental con enfoque de trauma y género, animarlas a romper el silencio y, ante todo, cuidar su integridad”, asegura.
Las tres sobrevivientes que brindaron sus testimonios para este reportaje coinciden: No harían lo mismo con sus hijos ni permitirían que otros niños estén en esa situación.
Los apellidos e imágenes de todas han sido resguardados por cuidado a sus identidades e intimidad.
Si conocés historias similares, podés denunciar en el FonoAyuda 147.



